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Por qué hasta lo simple cuesta

Hay una desconexión que no siempre se nota en las decisiones grandes de la vida. A veces aparece justo en lo cotidiano, en algo tan sencillo como qué ponerte, qué almorzar o qué canción escuchar. Cosas que deberían sentirse livianas y que, con el tiempo, empiezan a costar más de lo habitual.
Incluso responder algo trivial en el celular se vuelve complejo: escribes una frase, la lees, la borras y la redactas de otra forma, pero tampoco te convence del todo. Terminas mandando algo a medias, sin tener claro si eso era lo que querías decir. Y, aunque parezca menor, esa dificultad poco a poco se va instalando. Dudas más, postergas, revisas opciones una y otra vez, y lo que antes fluía solo se vuelve desgastante.
Esta confusión nace, sobre todo, de no saber bien quién eres hoy. Y "hoy" es la palabra clave. Muchas veces buscas la respuesta en quién fuiste antes, en quién crees que deberías ser más adelante o en quién esperan los demás que seas. Y ahí es donde aparece la duda: ni el pasado, ni el futuro, ni la mirada de otros pueden escoger por ti. Solo tú, desde donde estás ahora, puedes hacerlo.
Y eso se nota en todo: en el tono con que respondes, el orden que le das al día, las palabras que eliges, hasta en cómo te vistes.
Cuando te reconoces, decidir es simple. Cuando no, todo pesa más de la cuenta. Y ese es el primer paso: volver a mirarte con atención.
Esa claridad la encuentras en CALMA.